viernes, 25 de marzo de 2011

Si pudieras irte de vacaciones el mes que viene, con un presupuesto ilimitado, ¿a dónde irías?

¿Ilimitado? ¡A dar la vuelta al mundo!

Ask me anything

Si pudieras despertarte mañana y ser cualquier persona, ¿quién serías?

Por un día, Natalie Portman.

Ask me anything

Hacia arriba, todo recto, tras la primera estrella polar.

Tengo miedo, desgraciadamente, a casi todo. Y tú también.
¿Cómo distingues el amor del afecto? ¿Y de la atracción? ¿Y de la obsesión? ¿Cómo lo distingues de la amistad? ¿Y si es solo amistad? ¿Y si esa pequeña línea que separa esas dos cosas, que se difumina y nos confunde, es imposible de distinguir por culpa del afecto y la atracción?
¿Y si mejor me hago una zorra y paso de todo? Al menos, a ellas les va mejor que a mí.
Pero jamás se me caerá la dignidad de esa manera. Corre, abre la ventana. Cómete el mundo.

jueves, 24 de marzo de 2011

Que no follamos.

Fallamos a favor de la verdad, de aquella verdad pura que reluce en su esplendor y nos ciega.
Fallamos a favor del conocimiento, rechazando la ignorancia en todas sus formas, pues lo que sabemos conforma lo que somos.
Fallamos a favor de la protesta como medio de defensa hacia aquello que no nos gusta y nos imponen.
Fallamos a favor de la libertad, de los derechos y de la igualdad, aunque muchos se venden los ojos frente a ello.
Fallamos a favor del progreso y no del retroceso.
Fallamos a favor del individuo.
Fallamos a favor de una vida digna.
Fallamos a favor de los sentimientos más ardientes y rebuscados.
Fallamos a favor del amor.
Fallamos a favor de la felicidad.
Fallamos a favor de la lógica, pero también de la espontaneidad.
Fallamos a favor de todo ello.

martes, 22 de marzo de 2011

Frustrante, ¿verdad?

Olvidamos lo que tenemos hasta que lo perdemos.
He olvidado cómo despertarme cuando estoy levantada y las cosas pasan demasiado rápido. Parece que me han puesto una anestesia. Y, qué coño, me duele la cabeza.



Y necesito algo nuevo, porque la rutina me está dejando fatal. Irme, irme...

lunes, 14 de marzo de 2011

Muerte.

Muerte, muerte, muerte. Estrés, estrés, estrés. MUEEEEEEEEEEEERTE. ¿Para qué exámenes? ¿Para qué? Para controlar lo que estudiamos. Si estudiáramos solo porque nos interesa, si la sociedad española no pensara solo en vaguear. Esta es nuestra realidad: somos unos malditos vagos, que no hacen nada, que echan la lotería semanal con la esperanza de tener suerte y no volver a trabajar en su vida.
Quiero trabajar, quiero ser feliz, quiero ganarme el pan, quiero viajar como premio por todo ello. Pero sobre todo quiero dejar de estresarme por unos putos examenes.

sábado, 12 de marzo de 2011

Cosas que no debería escirbir, pero qué cojones, estoy cursi.

 Áticos de Paris.

Olía bien. Siempre había soñado con un balcón así, lleno de flores e iluminado por la luz del sol matutino. Las violetas se alzaban, inmóviles, desde su tiesto, mientras que los girasoles danzaban al son del viento como si fueran partícipes de un baile privado. El perfume se desprendía de cada pétalo con suma facilidad, e inundaba mis sentidos como una ola de mar salado. Aquello hacía aún más real el hecho de que estuviera en Paris.
Me volví y entré en el ático, que estaba lleno de cajas embaladas. Cada caja contenía un lienzo, pinceles y todo tipo de artilujios de pintura. Había una pequeña maleta apoyada en la puerta que daba al piso de abajo. Comencé a deshacer las cajas y a sacar toda suerte de cachivaches. Coloqué lo más inútil en la zona que se encontraba con el techo empinado. Olía a madera recién barnizada.
-¡Lili! -gritó una voz que provenía de la primera planta.
Sonreí, era su voz. La voz del hombre que me había raptado para llevarme a Paris.
-¡Pierce, has vuelto!
Me precipité escaleras abajo, hasta que mi cuerpo se topó con el de él. Nos fundimos en un cálido abrazo, de esos que son como café por las mañanas.
-¿Te han dicho algo?
-Sí... -respondió con una mirada enigmática que se reflejaba en sus ojos verdes.
-¿Y...?
-Y... -hizo una pausa para ponerme aún más nerviosa. Le encantaba hacerme sufrir-. ¡Mañana empiezo a trabajar!
Torcí el gesto. Pirce era piloto. Para él trabaja  significaba quedarse unos días en otro lugar, alejado de mí, para llevar a un puñado de turistas a su destino.
Lo habían transladado hacía una semana a Francia, y yo me había ido con él sin dudarlo. Jamás hubiera dejado que renunciase a semejante ascenso por mí. Además, con un novio piloto... ¿quién necesitaba estudios? Aún me quedaban cuatro años para terminar la carrera, pero había fracasado estrepitosamente el primer año y había repetido curso. Pierce me decía en muchas ocasiones que no había elegido la carrera correcta, que empresariales no era para mí. A mí solo se me daba bien pintar.
-¿A dónde vas?
-A Madrid, creo -vaya, qué paradójico, acabábamos de llegar de allí-. Solo será un día, mi amor. Regresaré por la noche.
Asentí. Eso estaba bien. Me daría tiempo a recorrer la ciudad yo sola y decidir cuáles serían mis lugares favoritos allí. Quizás, con un poco de suerte, encontraría una buena cafetería que preparara los cortados que a mí me gustaban.

Huele a mar y a risas.

No me mires.

Mírame, estoy en un paisaje idílico evadiéndome del mundo. Es lo que siempre quisiste.


Me he envuelto en la monotonía. Me he estancado en la tan temida rutina que vive todo ser viviente. Llevo demasiado tiempo haciendo lo mismo.
Antes, cuando me cambiaba de colegio cada 2 años me quejaba, ahora... Ahora pienso que es lo único que me impediría gritar como una loca en estos momentos. Necesito irme y vivir el otro lugar, y no hacer las mismas cosas dçias tras día tras día... Las expectativas del verano son buenas en agosto, ¿pero y el resto de las vacaciones? ¿Qué haré aquí metida todos estos meses? No, no puedo, solo pensar en ello me agobia. Si pudiera ir a Grecia, a Italia, a cualquier maldito lugar lejos de España, que me tiene harta. Incluso si pudiera ir a Sevilla. Siempre me ha gustado Andalucía.
Pero sé que no puedo desprenderme de lo que he ganado aquí. No podría cambiar de instituto así por las buenas, porque he echado raíces y ahora me nutro del húmedo ambiente Vigués. Se me presentó la oportunidad en forma de beca a EE.UU, y yo ni siquiera lo intenté por seguir aquí, en la rutina, con mi gente. Pero la gente, por mucho que la quieras, termina aburriéndote. Esto suena tan cruel... Yo antes no era así. La amistad estaba por encima de todo. Ahora por encima de todo estoy yo, como en un sistema capitalista. Lo malo de esos sistemas es que tienen crisis periódicas. Yo tengo crisis periódicas. Antes no.Antes era una niña, ahora he madurado, y eso es lo que conlleva: comerte tanto el coco que terminas loca. Solo me enorgullezco de una cosa: no recuerdo la última vez que he llorado por algo que no valía la pena. Solo derramo lágrimas por aquello que me importa, lo último, mi madre. Pero eso ya es otra historia.
Ahora, déjame volar.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Proyectos para la anarquía.

~I~
Aquellos que tuvieron que perder.


Nada era comparable con la hediondez del Drupa Vermella. Te golpeaba en la cara como un bofetón cuando entrabas por la puerta; se te metía por los poros hasta obstruirte los sentidos cuando te internabas en ella; revoloteaba alrededor de tu pelo cuando te sentabas; te humedecía la piel cuando pedías una cerveza y te perseguía incluso cuando salías a la calle. Pero, al igual que un bofetón, el hedor iba remitiendo hasta que casi no lo sentías. Entonces era cuando podías fijarte en cosas más sutiles. Podías, si echabas un primer vistazo, notar el aire condensado que envolvía el local e impedía distinguir a un hombre grueso a más de cinco pasos. Era una neblina gris, formada por el humo del tabaco, el opio y el sudor evaporado. Si eras muy escrupuloso, observarías entonces las manchas de grasa de la mesa, la extraña pegajosidad de tu silla y el correteo de algún que otro bichejo. Pero, si eras verdaderamente suspicaz, podría llamarte la atención un tercer punto, quizás el más difícil de distinguir de todos. Había una tensión en el aire que no se dibujaba en la neblina gris del Drupa. Era como si el peligro estuviera vigente en cada esquina, como un gato agazapado. El ruido de la taberna era casi inexistente y solo lo rompían la efímera conversación de los comerciantes de la mesa cinco y el repiqueteo de los vasos que lavaba el tabernero. Al fondo del local se sentaba una anciana, como un mueble más. Comía un estofado de origen algo dudoso. Era gruesa, y su rostro arrugado estaba surcado por una cicatriz. Uno de sus ojos lo tapaba un parche, negro como la noche. Sonreía y comía en silencio, y ni el más mínimo roce de la cuchara al chocar contra el cuenco producía sonido alguno. En el Drupa Vermella no solía haber mucha clientela, al igual que en todo el pueblo no vivían más de cien personas. Pero estaban acostumbrados, la isla de Salomor, la isla Maldita, nunca había sido el hogar más solicitado.
Aquella mañana había llegado el mismo barco de siempre con provisiones para los isleños, el Áncora. Cuatro de sus marineros, los comerciantes, constituían la única charla del lugar. Eran de distintas edades y estaban acostumbrados a la isla, pero en sus voces se discernía el miedo y sus manos tocaban madera con demasiada frecuencia. Uno de ellos, el más viejo de todos, se cruzaba de brazos y callaba, reflexivo. No solía dar mucha conversación, pero aquél día su cara parecía preocupada, como si un bicho travieso le hubiera picado y ahora no pudiera dejar de pensar en ello. Sus compañeros lo ignoraban, ajenos a cualquier cosa que no fueran sus cervezas, y solo a veces el pequeño Gabriel lo miraba, interrogante. El sonido de las voces de los marineros se confundía en un concierto de bajos mezclado con la voz de tenor del más joven. No hablaban de nada que tuviera la más mínima importancia o fuera interesante, como siempre.
Por unos segundos, su cháchara quedó ahogada por el gran estruendo que hizo la puerta de la taberna al abrirse. Un enorme reguero de luz estival entró por ella, iluminando todo el local. De pronto, el Drupa pareció un lugar limpio y hogareño. Poco duró, pues la persona que había abierto la puerta volvió a cerrarla de un portazo. Los cuatro marineros alzaron la cabeza y distinguieron al tipo que habían traído a la isla hacía un mes. Recordaban que en todo el trayecto apenas había hablado, y que, cuando lo hacía, la arrogancia y la superioridad tiznaban todas sus palabras. Era alto, apuesto, y sus ojos estaban tapados por un flequillo rubio desgastado por el sol. Las razones de por qué había querido ir a parar a esa isla, solo el capitán las conocía. O no.
-¿Sigue por aquí ese Seth? -murmuró Mercu, el más desconfiado de todos-. Me han dicho que trabaja descargando con los muchachos del puerto. Si viene aquí para eso, ¿para qué venir?
El chico en cuestión alzó la mirada, y unos iris azules, casi transparentes, se posaron sobre el mercader con la furia de un iceberg. El hombre empalideció y un escalofrío recorrió su espalda. El rostro del muchacho reflejaba burla, odio e indiferencia, todo a la vez. Pero una vez más, solo un buen observador podría haberse dado cuenta de lo mucho que reflejaba aquel rostro.
Sethse dirigió al fondo de la taberna y se sentó cerca de la vieja. Posó los pies sobre la mesa, se pasó la mano por la incipiente barba de dos días y bostezó. Tenía unas bonitas manos, morenas y afiladas como dos garfios. El posadero se acercó y le sirvió un vaso de ron.
-Lo de siempre, ¿no?
Seth asintió y tomó el vaso, balanceándose sobre la silla. La vieja alzó la mirada y lo observó con el ceño fruncido.
-Te lo he dicho mil veces, muchacho. Si sigues bebiendo como un cosaco terminarás senil antes de cumplir los veinticinco- le dijo.
El ''muchacho'' observó de reojo a la vieja y sonrió. Su sonrisa era encantadora, torcida y burlona, y se dibujaba en su atractiva cara como una línea gruesa y rosada.
-Entonces me quedan cuatro años de cordura, tendré que aprovecharlos bien -sentenció su frase con un largo trago-. Desde luego, lady Farrow, me sorprendéis. Apenas he estado un mes con vos y ya sabéis que soy un triste jovenzuelo. Eso es curioso, pero desafortunadamente cierto. Claro que si no he obtenido ya todas mis facultades mentales, dudo mucho que vaya a obtenerlas después. Soy lo suficientemente maduro como para saber que quiero beber. Y seguiré bebiendo, querida.
Lady Farrow soltó una ronca carcajada, sacó una pipa de su bolsillo y la encendió con la llama de la vela de la mesa. Por unos momentos el fuego iluminó su cara, deformada por el parche y las profundas arrugas. Lo observó desde las sombras mientras que el humo del tabaco ascendía por delante de su rostro.
-Tienes una lengua saltarina, chico.
-Vaya si la tengo... -susurró Seth entre dientes, divertido-. ¿Vais a contarme hoy el origen de ese parche?
-Bueno, me quedé sin ojo, ya sabes- Lady Farrow alzó una canosa ceja, sarcástica-. Pero yo te he estado contando casi toda mi vida y no he recibido nada a cambio en toda tu estancia aquí. ¿No crees que va siendo hora de que me cuentes por qué viniste a esta isla cien veces maldita, oh gran pirata?
Seth apuró el vaso de un solo trago, acostumbrado al ardor de la bebida. Su mirada de ojos azules se perdió durante unos instantes entre el humo blanco y espeso del Drupa Vermella. Por un momento, sus iris reflejaron algo parecido a la añoranza, o quizás a la melancolía. Incluso, para alguien tan observador como Lady Farrow, podía verse un atisbo de ira en aquellos oscuros pozos.
-Mmm, podría ser, pero por favor os pido que no proclaméis mi... oficio de esa manera, sería perjudicial para mi salud.
>>Ha de saber, mi lady, que es usted la persona en la que más confío de todo Salomor -Lady Farrow carraspeó y su mirada fue severa. ''A mí no me engañas, chico, tengo demasiada experiencia''-. Es cierto, Mariel, no me observéis de ese modo. Pero, ¿en quién podría confiar si no? ¿En Guerr, el posadero? Es más avaro que un cuervo que halla visto un anillo de plata. ¿En los mozos del puerto?
-Son de tu edad, querido. Te convendrían más que tu vieja tía-abuela.
-Sí, pero su inmadurez roza la ignorancia de tal forma que, si me viera con ellos más de tiempo los horarios laborables establecidos, mis talentos se desperdiciarían. No es por presumir, pero habréis notado que, a mi temprana edad, parezco todo un adulto, tía-abuela Farrow.
-Disculpa, Seth, pero te recuerdo que adiviné tu ''temprana edad'' -le interrumpió. Sonrió, divertida. Aquel muchacho tenía una lengua de oro-. Y te he dicho que no me llames así, me haces sentir vieja.
-Eso es porque somos de la familia y la sangre tira, aunque no supieras de mí hasta hace un mes, abuelita -sonrió, burlón-. En fin, el caso es que tampoco los aldeanos son de mi agrado, obviando el hecho de que no superan la centena y solo saben levantar la hoz y la pala. Así que prefiero hablar con una camarada como vuestra merced, que ha compartido además aventuras similares a las mías.
-Deja de torturarme con mi pasado, ahora ya no soy la Capitana Farrow.
-Aún lo sois, señora. Mientras se siga hablando de vos, sereis Farrow, la Conquistadora, la Soberana del Crisol y aquella que burló al mismísimo rey de Zarmund.
-Muerta, muchacho. La Conquistadora está muerta. Es lo que todo el mundo cree, y no me conviene que se sepa lo contrario.
El chico calló, otorgando más con su silencio que con cualquier palabra. En sus ojos, brillaba la diversión.
-Vos fuisteis la pirata más famosa de vuestra época, y ahora vivís vuestros años de paz. Yo, sin embargo, me he jubilado prematuramente. No se hablará de mí como hacen sobre vos. Sin embargo sé que tengo pinta de pirata, y no sé cómo no me descubrieron. Los primeros días, el olor a sal y pólvora me delataba.
-Lo tapaba el olor a pescado del Áncora, querido. Pero, ¿cómo llegaste aquí, chico? ¿Y tu barco, tu tripulación? ¿Eras uno de a bordo o ocupabas un gran cargo? Dime, hijo, apareciste de pronto en esta isla maldita diciendo que eras mi sobrino. Debo confesar que no te creí hasta que te vi los ojos: tienes los ojos de tu abuela. Claros, claros como el hielo. Explícame, Seth, ¿qué eras tú? ¿Qué eres tú?
Seth soltó una sonora carcajada que resonó por todo el local. Los marineros de la otra mesa los miraron durante unos segundos.
-¿Qué soy yo? -cerró los ojos unos momentos-. Mi barco, mi tripulación. Eso era. Ahora ya no. Mi lady, quizás tendríais que empezar a tratarme de vos- Seth apartó las piernas de la mesa y se incorporó sobre la silla-. Yo era el capitán de un barco, el barco más rápido y feroz que hayan visto los trece mares, y tenía una tripulación tan eficiente que tomar el palacio del la reina Nerezade nos hubiera llevado menos de una semana. ¡Yo podría haber gobernado todo Zarmund! Pero mi tripulación, aunque eficiente, era muy desconfiada. Tendría que haberme imaginado que no se doblegarían ante un tipo que acaba de salir de la adolescencia.
-¿Y qué ocurrió , capitán Euseth? ¿Un motín?
Por unos momentos, el locuaz muchacho cerró la boca.
-Les di razones para que lo hicieran, la verdad -su voz volvió a cobrar su intensidad normal y se hundió de nuevo en la silla-. He revelado una parte importante de mi vida, Farrow. Ahora os toca a vos contarme lo de vuestro ojo.
Lady Farrow guardó silencio mientras tomaba unas caladas más de su pipa y analizaba al muchacho rubio y de pelo revuelto. Carraspeó.
-Me lo hizo uno de mis ex maridos -sentenció con una risotada tan grande que se reflejó en su ojo grisáceo. 
Ho, ho, ho. Un gran pirata soy.

Mamá

La mejor forma de describirla es remontándome diez años atrás. Podría decir como es ahora, pero no sería justo, ya que el tiempo se ha llevado casi toda su gracia. Recuerdo cómo era mi madre con tanta precisión que en mi cabeza sigue vigente aquella imagen de chica joven y alocada.
Tenía el pelo corto y nunca del mismo color, y es lo que más me llamaba la atención de ella. En mi inocencia creía que su peinado era de niño, y recuerdo que más de una vez le dije que se lo dejara crecer. No tenía el cabello muy fuerte, sino fino y debilucho, como la plumilla de un polluelo. Llevaba con orgullo colores tan estrafalarios como el naranja, y que me parta un rayo si no le quedaban bien. El flequillo le caía sobre los ojos, grandes y profundos. Eran pozos cuyo brillo les había abandonado, pues a mi madre nunca le resplandecía la mirada. A veces su color cambiaba con la luz, pasando del acuoso azul marino al pálido verde de la hierba escarchada en invierno. Transmitían aquellas ventanas frías poco sentimiento, pues la expresividad de mi madre se basaba en los gestos. Cuando estaba enfadada, fruncía ligeramente los finos labios y una línea rosada se dibujaba en su pálida piel. Los altos pómulos otorgaban a su rostro la superioridad de una mujer fuerte. Movía constantemente las manos, quizás demasiado grandes para una dama, para acompañar sus palabras con ellas. Recalcaba así lo que decía, como si cada palabra tuviera que ir agarrada a un gesto. A veces me ponía realmente nerviosa.

Era muy alta y yo apenas le llegaba por la cintura cuando cumplí los cinco años. Tenía las caderas muy anchas y se quejaba de que toda la comida se acumulaba en ellas. Sin embargo era delgada y tenía un viente plano y blanquito, fruto de las clases de aerobic que daba en el gimnasio. Todo en mi madre era grande: su estatura, sus manos, sus piernas... Sus pies, debo decirlo, eran dos balsas deformes cuyos dedos gordos semejaban el timón. Dicen que una persona bella es aquella que tiene los defectos muy escondidos, y en el caso de mi madre se escondían en los zapatos de tacón que solía llevar.

No era (ni es) una persona fácil. Día a día conseguía enfadarse por cien motivos distintos y gritaba por toda la casa, hablando sola, sobre lo desordenada que yo era, o vaya usted a saber. Discutíamos a menudo, como todas las familias, pero mi madre se las arreglaba para hacer el doble de ruido. Tenía poca paciencia y el malhumor le sobraba, y no había forma de rebatir sus discursos. Una sola miraba suya daba más miedo que enfrentarse a un león sin armas y con el brazo roto. Pero después de la tormenta siempre llegaba la calma, y cuando no discutíamos me hacía todo tipo de arrumacos. Me pasaba el poco tiempo que nos veíamos, ya que ella tenía que trabajar por las tardes, colgada de sus faldas. Teníamos un gato, Boris, que la adoraba. Mi madre tenía algo que encantaba a los gatos. Muchas veces los he comparado, y he decidido que mi madre era como un felino: independiente, reflexiva y autoritaria.

Era una autodidacta y lo aprendió todo de los libros y de las experiencias. Tenía una estantería llena de variopintas obras: Cumbres Borrascosas, Los Renglones Torcidos de Dios, Mujercitas, Jarrapellejos, La Cábala... Me compraba libros siempre que podía y fue ella la que me enseñó a leer más rápido que el resto y me abrió los ojos a mundos como Narnia y a escritoras como Isabel Allende. Adoraba el cine en blanco y negro y tenía una colección de películas de todo tipo. Se comparaba a sí misma con Liza Minelli en su papel de Cabaret: algo alocada y vividora. Incluso en apariencia, se parecían un poco.
Allá por Tenerife.