sábado, 22 de octubre de 2011

Too fast, too furious.


Demasiado rápido para mi gusto, o demasiado lento para el de él.
Me he dado cuenta de que soy una hipócrita. Todos los días digo lo mismo: quiero viajar, quiero ser libre, quiero acostarme con un hombre distinto cada día. Quiero ser la mujer de hielo.
Pues bien, no soy más que un montón de palabras mal dichas, vacías y huecas. No sé aceptar la realidad que me llevo ocultando toda mi vida: yo soy una maldita diabética.
¿Creo en los cuentos de hadas? No.
¿Aún así, espero uno? Sí.
Quizás todos lo esperemos, unos más y otros menos. Pero la gente sabe diferenciar esas novelas pastelosas de la realidad, mientras que yo me esfuerzo en creer que vivo en el cuento de la Bella Durmiente. Pues despierta, niña, o pasarán cien años y seguirás igual.
Voy a explicarme mejor. No es que me enamore ardientemente de un osito de peluche y quiera abrazarlo para siempre. Quiero que ese osito esté en mi habitación y no se mueva de ahí hasta que me canse de él. Sí, eso es lo que quiero: que todo se mueva a mi antojo. Ya lo dije, soy una caprichosa, la sociedad y las películas de Disney me han jodido la cabeza. Me han dado diabetis. Por eso sigo teniendo peluches en mi habitación, los mismos que me regalaron hace doce años, a los cuales nunca he puesto nombre o he intentado hacerlo tantas veces que se ha quedado en nada.
Voy a hacer caso a la espontaneidad, por una vez, y no voy a pensar en lo que hago. Quiero cerrar los ojos y dejarme llevar, por una vez, sin tener que planificarlo todo, sin sentirme mal después. Sin querer que todo sea, por una vez, precioso y sumamente azucarado. Y quizás me lo pase mejor así.

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